Jan 4 2010

Romance del camino

Jose

(Itinerario 2010)

No me pidáis perfección,

porque me siento finito.

 

Ni esperéis de mí firmeza,

que estoy iniciando el camino.

 

Ni aún me pidáis certezas,

salvo la del buen amigo.

 

¿Creéis seguros mis logros?

Sería gran desatino.

 

No me veréis fortaleza:

suelo caer como un niño.

 

Ni habrá siempre amable calma,

si aflora el león herido.

 

Pedidme, si queréis, tiempo;

presto acudiré al oírlo.

 

O también luengos abrazos

para poder yo sentirlos.

 

Y pedid que arroje el oro;

oro hallaré al recibiros.

 

Que en humo se torna todo,

todo devendrá en vacío,

 

si acompañaros no pude;

si me perdí en el gentío.

 

©Abad Revilla

Jul 31 2009

In honorem

Jose

Han sido numerosas las personas que han manifestado su extrañeza ante mi silencio, ante la demora a la hora de escribir de nuevo en esta página. El alto índice de paro, con sus miles de miles de caras particulares, algunas de ellas cercanas y queridas, amén de los “parece que irremediables” porcentajes de enfermedades y de muertes infantiles por la desnutrición mundial, me hacen cuestionar la validez o vanidad de estas líneas. Ideas repetidas por unos y otros en medios diferentes; distintas palabras, aunque mismas tristezas. Con la sensación de llenar el viento con frases bien intencionadas, pero tal vez estériles. Todos necesitamos trigo; sólamente después, prédicas.

Aun así, la cabra tira siempre al monte; y uno de los montes de este aprendiz, bueno o malo, es éste, el de la comunicación. Otro, las personas a las que quiero hoy homenajear.

Mes y medio en la retaguardia da para mucho. A modo de ejemplo, he contemplado, con estupefacción dolorosa, cómo un afamado entrevistador afirmaba, en horario de máxima audiencia y con aplomo sobrecogedor, que cierto personaje público, envuelto en un torbellino de problemas, sólo disponía de una solución: el suicidio. Poco le importó que la llamada “autolisis” (sonoro eufemismo científico) se haya incrementado un treinta por cien en la población juvenil europea (y sin la ayuda clarificadora de su comentario) o que miles de personas luchen por corregir su camino emocional y mental en orden a lograr su felicidad, a veces con grandes dosis de lágrimas y férrea voluntad.

Uno más. He escuchado también la terrible noticia del asesinato de un matrimonio estadounidense que se dedicaba, a tiempo completo, a proteger y a educar a casi una veintena de niños con diferentes discapacidades; y la crítica feroz posterior de un reconocido comentarista español afeando la conducta de esa pareja, puesto que no sólo los rehabilitaba, sino que los adoptaba. Tremendo delito. Parece que acoger y convertir en propios hijos a seres humanos que presentan serios problemas desde su nacimiento, en un país, además, poco dado a una cobertura social eficaz y universal, debería prohibirse explícitamente en la carta universal de los derechos humanos y, tal vez, adjuntarse en el decálogo del monte Sinaí: “no adoptarás a niños discapacitados”.

Tercero. Pude obsevar cómo una conocidísima periodista española se lamentaba de que una muy relevante personalidad mundial, cuyo principal cometido es liderar y cuidar la atención material y espiritual de un populoso y hambriento pueblo,  no podía escribir ensayos ni interpretar piezas de piano al lesionarse un brazo. Quizá la comunicadora tenga razón y convenga más dolerse por esa limitación temporal que por los gritos clamorosos de los desheredados.

Permítaseme ahondar en un plano similar. Vicente Ferrer ha modificado la vida de cuatro millones de personas, convirtiendo su miseria en dignidad. Le voy a pedir, mi estimado lector, que realice un sencillo ejercicio: cierre los ojos, inicie la cuenta (uno, dos, tres, cuatro…) y comience a imaginar los rostros, uno por número, de cada uno de esos cuatro millones de seres humanos. ¿Largo? ¿Cansado? ¿Difícil? ¿Hermoso? Actúe ahora de forma similar, pero, en esta ocasión, visualice sólo a una persona: Michael Jackson. ¿Con cuál de las dos actividades ha sentido mayor gozo? Los medios de comunicación lo tienen claro: el filántropo español ocupó treinta segundos en los informativos de sobremesa el día posterior a su muerte; el genio norteamericano, quince minutos.

La sugerencia del suicidio, la crítica mordaz hacia la adopción desinteresada y noble, la preponderancia del intelecto o del arte sobre el hambre del hombre… me hacen cuestionar el grado de salud mental y humana de nuestro primer mundo. John Lennon llegó a afirmar que “vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, aunque la violencia se practica a plena luz del día”.

Se trata, pues y en definitiva, de elegir dónde colocamos la tilde, sobre qué ponemos el acento: ¿sobre Jackson o sobre Ferrer?, ¿sobre el piano o sobre el hombre?

Rindo homenaje a quienes sitúan a las personas en el corazón, por encima de lo político, lo económico, lo social o lo religioso. No porque racionalmente pueda parecer lo correcto; no porque resulte estético; y no porque eviten el naufragio general. Básica y resumidamente, porque dan calor. Porque abrazan; porque acompañan, segundo tras segundo, día tras día, muchas veces a pesar de todo. Todos conocemos a alguno de ellos, o a más de uno; están cerca de nosotros, con sus nombres propios. A mí, por fortuna, me rodean unos cuantos.

Quizá, quién sabe, sólo en esto consista la labor de quien escribe, en recordar siempre lo mismo con diferentes palabras: que somos hombres y necesitamos el calor de un abrazo.


Jun 7 2009

Persona, que no número.

Jose

Tiempo de alergias. La disnea me invita a incorporarme, como último recurso,  frente a la televisión, con la vaga esperanza de encontrar un programa de al menos cierta calidad que me evada. Un filme ofrece buenas expectativas en cuanto a humanidad se refiere. Behind enemy files (Tras la línea enemiga) muestra la historia real de un almirante de la armada que se ve obligado a elegir entre salvar a uno de sus aviadores, contraviniendo órdenes gubernamentales, o acatar las mismas, salvando con ello también su carrera militar. ¿Una vida o mi profesión? ¿Un hombre o la política?

Recuerdo el magnífico drama Missing (Desaparecido), con un excelente  Jack Lemmon -muy lejos de su registro habitual- en la figura de un padre desesperado por hallar a su hijo único, de paradero desconocido  en Chile, una vez habido el golpe militar. En un momento dado de la cinta, la máxima que le dirige un diplomático estadounidense, impasible ante la tragedia, escalofría: hay que mantener el nivel de vida del pueblo norteamericano y, para ello, se necesitan sacrificios.

España obtiene más de novecientos millones de euros por medio de un particular comercio, el del armamento. Dinero que sufraga, por ejemplo, la mitad de la política educativa del ministerio del ramo. A todos nos complace que niños y adolescentes, españoles o no, puedan beneficiarse de una educación gratuita hasta casi su mayoría de edad. ¿A qué precio? ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a nuestro nivel de  vida? ¿O diríamos, como uno de mis alumnos políticamente más activos y sensibles, “que se jodan” (sic)?

Qué cosa tan terrible puede llegar a ser la política; y qué grande puede devenir nuestro silencio. Si hay algo detestable en la primera, últimamente cuanto menos, es su inconfesable y arrolladora tendencia a excluir a la persona, desconsiderándola como sujeto digno y capaz, mediante dos principales maneras:  anulando su existencia (lo haga un ministro o un obispo) al convertirla en un mero y frío dato, carente de toda emoción, o, ay, usurpando en ocasiones su derecho a decidir, quiere decirse, robando su libertad. Bonaparte argüía que “bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los gobiernos para adormecer a sus gobernados “.  Ante lo cual, Luther King sentenció que “nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos como del estremecedor silencio de los bondadosos”.  ¿Continuamos callando?

Sir Winston Churchill sufrió la exclusión al constituirse como una de las escasas voces que se oponían, férreamente, a la política de apaciguamiento que los gobiernos británicos, de distinta tendencia, seguían frente a (o bajo, por su omisión) la Alemania nazi. Esa política iba permitiendo continuas violaciones de Hitler a los distintos tratados internacionales, sin que se atendieran los derechos individuales de miles de personas ni los colectivos de algunos países europeos. Él no calló; intuyó que, tarde o temprano, el mal que pululaba tan lejos a unos pocos llegaría a aproximarse para afectar además a muchos.

Desconfío de la disyuntiva  entre el bien individual y el bien general. El segundo, cuando excluye al primero, suele venir empañado por fundamentalismos o pragmatismos terribles; Caifás, por ejemplo, optó por la muerte del Mesías judío con la famosa frase “conviene que un hombre muera por el pueblo”. Pretendía con ello salvar el lugar santo del Templo, en teoría centro de la fe y del pueblo de Israel; algo que tampoco consiguió. Cuando percibo que el bien individual pretende imponerse, recuerdo a Montesquieu: “si yo supiese algo que me fuese útil y que fuese perjudicial a mi familia, lo expulsaría del espíritu. Si yo supiese algo útil para mi familia y que no lo fuese para mi patria, intentaría olvidarlo. Si yo supiese algo útil para mi patria y que fuese perjudicial para Europa, o bien útil para Europa y perjudicial para el género humano, lo consideraría como un crimen, porque soy necesariamente hombre mientas que no soy francés [o lo que fuere] más que por casualidad”. Cuando se empieza pisando a un hombre, se acaba banalizando los derechos de todos, incluso la vida; en el punto medio del trayecto, se atraviesa el desierto adormecedor del “qué más da”, para morar, de cuando en vez, en arrebatos pasionales epidérmicos (personales, sociales o políticos), pero carentes de calor o pálpito vital perdurable.

Por ello, desconfío también del silencio, amén de los silenciosos. Un silencio que permite, hoy por ejemplo, que en la rica Guinea Ecuatorial clame la extrema pobreza del ciudadano de a pie; o que en China se ejerza la tiranía más despiadada ante el individuo; o que hubiera posturas tan enfrentadas ante un tirano tan conocido y reconocido como el Hussein iraquí. Intereses políticos; mejor dicho, casi siempre comerciales.

Obviar a la persona. Elegir por ella; incluso por encima de ella, contra ella. Un aniquilamiento silencioso ejemplifica magníficamente esta supresión de la dignidad de la persona y, con ella, de la libertad: el aborto. En la actualidad, cualquier estudio científico riguroso, despojado por tanto de ideología o de política, da fe de la naturaleza que de ser humano único tiene el cigoto (posterior embrión, posterior feto, posterior nacido). Pero aún hoy, la mujer continúa sin ser informada, tanto de esta realidad como de las posibles consecuencias para ella de ese acto, amén de lo que ocurre en su vientre mientras se realiza aquél. Imágenes hay; pruebas empíricas también. Sin completa información, no hay libertad de elección. ¿Por qué se le priva a la mujer, pues, de su derecho a conocer? Aún más, ¿por qué no se muestran abiertamente, en los diferentes medios de información, esos estudios, esas grabaciones?

La ideología mata la individualidad. Cuando me adscribo a ella, pierdo mi identidad; cuando me observan desde ella, suelo convertirme en objeto (no en sujeto) o en número (cantidad). Me atrevo a reclamar el respeto a mi libertad, en la que van a ir inmersos mis errores, los cuales forjarán también mi camino personal y único, como yo mismo. Deseo, en definitiva, ser artífice de mi propia existencia, vivir, mucho más que existir. Reclamo, pues, que se me considere hombre, no número; pensante, no ideólogo; emotivo, no insensible. Porque, como afirma Erich Fromm, “la vida del hombre no puede ser vivida repitiendo los patrones de su especie; es él mismo -cada uno- quien debe vivir. El hombre es el único animal que puede ser fastidiado, que puede ser disgustado, que puede sentirse expulsado del paraíso”.

Termina el lapso publicitario; vuelvo a la película. El almirante, que conoce al aviador, ve en él a un hombre; no una orden, no una norma. También se ha sentido, por un momento, como él, manipulado y solo. Se debate entre la comodidad o la vida. Pronto decidirá.

 © Abad Revilla.

May 26 2009

Comunicar

Jose

Estoy sentado a la mesa que sirve de atrezo en el local de ensayos. Ensimismados en la composición del recitado, absorbidos por el encaje mimado de la palabra y las figuras musicales que desean elaborar, esto es, fundidos con el arte, se afanan el director y dos actores de la Compañía teatral y un intérprete de viola; todos ellos me favorecen con el preciado don de la amistad; el último de ellos, por más decir, acerca a mi orilla el aroma de un afecto que perdura a pesar de los años, de la distancia y de la autoridad que hube de ejercer sobre él (mejor, hacia él) en los años que fuera mi alumno.

Me percato, repentinamente, del sabor del momento. El músico destila notas de una ingravidez contagiosa, cuya armónica delicadeza seduce, transfigura y extasía. La actriz, dulce y rítmicamente, desgrana las palabras de uno de los poemas: “En el oro, oro, de tu maravilla,/ me he perdido un instante enamorado (…)”. Me sorprendo. Es hermoso. La magia de la voz y de la música embellece, con su vital calor innato,  sentimientos que un día yo escribiera. Las interpretaciones, entregadas e intensas, emocionan. Contemplo, embobado a unos; asienten, satisfechos, los otros. Vi que todo era bueno.

Día del Libro. Llegamos, con un grupo numeroso de adolescentes, a una gran librería, en lo que va camino de convertirse en una tradición de esta jornada: seleccionar y adquirir un título cada uno de ellos. Me abrumo: cadenas y cadenas de estanterías atestadas reclaman su hegemonía; libros, libretes y volúmenes se erigen como soldados desafiantes ante el escritor novel. No puedo, no quiero, no sirvo para competir, para vencer, para convencer. Mi oficio es escribir, no vender. Recuerdo la página web que me habilitaron; se me esponjan los pulmones: nada de rivalizar, sólo comunicar.

Llega la tarde; con ella, el momento de la presentación. Imprevistos de última hora acaban por disparar mis nervios. Va a comenzar. Veo a una antigua compañera; salta el corazón de júbilo. Me acerco, departimos brevemente. Se inicia el acto. Aumenta mi excitación. Me percato, bruscamente, de que voy a desnudarme al completo: ahí está la obra, estoy yo en estado puro. Entra en la pequeña sala una antigua alumna; le dirijo un expresivo guiño. Palabras, discursos. Percibo que el lugar acoge a personas queridas y añoradas; ignoro cómo supieron, cómo llegaron. El nerviosismo se manifiesta también en los amigos intérpretes; no acostumbran a la distancia corta, pero allí están, transmitiendo sentimientos “gratis et amore”. La charla final acerca y acentúa emociones. Desde la atalaya de la mesa presidencial, observo a todos los presentes. Detecto aprecio, calidez; más aún, afecto. Y vi, también, que todo era bueno.

En más de una ocasión, me he cuestionado el grado de utilidad que mis palabras pueden tener; la vanidad se agazapa bajo formas estéticas o altruistas, asunto grave en un mundo cuya población mayoritaria agoniza por hambre o por enfermedad curable. Pero más allá de esta inquietud, me vence la necesidad misteriosa e indomable de comunicar. Y me pregunto, estimado lector, si esa urgencia habita en el corazón de cada hombre.

El yo no existe sin el tú; es nuestra relación lo que nos humaniza o lo que acaba por convertirnos en animales. Y el arte, al fin y al cabo, es comunicación. De ahí que D. Miguel Delibes afirmara, en unos de sus magníficos artículos de mediados del pasado siglo, que “una cosa es el arte y otra, bien distinta, el comercio”. Nos comunicamos para que nos acojan; las palabras no son meros sonidos articulados, sino pedazos de alma que anhelan ser acogidos y valorados. Por ello, el acto más sublime de comunicación es el amor.

Tal vez, por eso escribo, en un afán mendicante de relación, lo que difiere bastante de la competición comercial. Dice García Márquez que “todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada”. Si deseara habitar allí, habría de llevar conmigo abrigo suficiente; el precio de las altas cimas son las bajas temperaturas. Mientras ascendiera, colmaría la mochila de un calor humano con el que poderme alimentar, de un espíritu vivo con el que poder transmitir, como el que se palpaba en aquella sencilla y casi desconocida presentación; como el que circundaba aquella mesa del atrezo de nuestros ensayos.

© Abad Revilla.

May 19 2009

Resurgimiento

Jose

Lamento no ser

quien creí.

Perdón a quien confundí;

mi ofrenda a quien erré.

 

Honor a quienes quiero

y sin quererlo dañé;

en el trauma me ofusqué,

ocultándose mi centro.

 

Mas éste soy,

horizonte abierto.

La pena siento

que a causar voy.

 

Sin quererlo, quiebro.

Sin marcharme, huyo.

Sin buscarlo, mudo.

Sin moverme, trepo.

 

Bórrame si te place;

¡ahuyéntame el aliento!

Mi anhelo era tan cierto

como cierto ahora yace.

 

Quien creí

lamento no ser.

Mi ofrenda a quien erré.

En ello me dolí.

 

© Abad Revilla.

May 10 2009

Ensayo sobre la amistad

Jose

Camino por Roma. Voy a adentrarme en Ciudad del Vaticano. En uno de sus muros limítrofes, una puerta, carente de todo ornato, protege uno de los deseos de Agnes Gonxha Bojaxhiu, más conocida como Madre Teresa de Calcuta: que las misioneras ejercieran su labor en el mismo corazón de la máxima sede pontificia. Flanqueando la jamba izquierda, una pequeña chapa metálica inscrita da fe de su existencia.

Rememoro al instante cuantos documentales y filmes han intentado mostrar la vida de aquella pequeña gran mujer; en todos ellos, quedaba expuesto el deseo de abrir esa casa. Ligada a esas cintas del celuloide, siempre ha surgido en mí una pregunta: por qué se obvia en ellas la relación de la religiosa con Diana Spencer o, si se quiere, con la también desaparecida princesa Diana de Gales. ¿Se trata acaso de un  hecho tan disonante que no merece tan siquiera citarse? Y, si lo fuera, ¿prescindir de él no resultaría un tanto artificial? ¿El contacto que mantuvieron ambas mujeres no alcanzó el peso humano suficiente como para detenernos en él? ¿Fue lady Diana un apéndice ocasional, incluso excusable, en la vida de Madre Teresa?

Fueron pocos los medios que destacaron la fortísima impresión que causó el fallecimiento de la princesa en la religiosa. Más escasos aún los que informaron del agravamiento repentino y severo de su salud, ya muy debilitada, tras conocer la noticia. Casi ninguno comunicó su intención de ofrecer una misa solemne por el alma de la accidentada Diana. Sin embargo, algunos sí mencionaron, con cierta frivolidad, la “coincidencia” en el tiempo de ambas muertes, a menos de siete días la una de la otra.

Me permitirá, estimado lector, ahondar un poco en la reflexión. Es poco conocida la visita que la Princesa de Gales, tres años después de conocer a Madre Teresa, realizara con sus dos hijos al refugio católico -ella no lo era- para los sin techo londinenses en vísperas de Navidad. La Hermana responsable del centro destacó de ella su capacidad de escucha; también, su preocupación por que su hijo, rey futuro, supiera del sufrimiento para ser justo. Ella, tan veleidosa, frecuentaba un pequeño templo católico en el que rezaba. Tan errática también, fue enterrada con el rosario que Madre Teresa le regaló.

El entonces hermetismo (más que comprensible) de ciertas facetas (pocas) de la intimidad de la religiosa no impidió que se conociera una perla de su evolución humana; ella así lo deseó. Madre Teresa pasó de defender el matrimonio hasta la muerte, más allá de cualquier cambio en el afecto de la vida conyugal (férrea doctrina católica), a comprender, merced a su relación con Diana -sin títulos-, que en ocasiones es sensata y necesaria la separación. Pura empatía; sencilla identificación afectiva. Este gran salto, conociendo los antecedentes de la religiosa, solamente es comprensible barruntando una relación profunda entre ambas.

No hablo de actos; hablo de esencias: ¿realmente eran tan diferentes? Diana Spencer se sentía ignorada; perdida. Agnes Gonxha -sin títulos también- zozobraba por su larga y profunda noche obscura. A ambas no les bastaba las razones, fueran de Estado o de Religión. Se ahogaban. Y buscaban el amor, sentirse acogidas (¡y quién no!), de maneras ciertamente diferentes. ¿O no?

La amistad dista mucho de ser una relación entre iguales, aunque se trate, como diría el eximio Pitágoras, de una igualdad armoniosa. No trata de dar o hallar razones, sino de compartir corazones, constituyéndose, en sí misma, un hogar y un alimento. William Blake lo expuso de manera hermosa y brillante: “El pájaro, un nido; la araña, una tela; el hombre, la amistad”. Por esto mismo, su existencia parece tan infrecuente y su pérdida, tan dolorosa. En este ámbito emocional, no resulta nada forzado el pensar que la muerte inesperada y violenta de un joven ser querido pueda desequilibrar un organismo, por muy sano que esté. Confieso que éste no es el único caso al respecto que he conocido.

Continúo caminando por Roma. Veo religiosos; y veo boatos. A veces confluyen ambos entre sí. Deseo que lo hagan con el corazón palpitante, doliente o no, de por medio. Recuerdo a Agnes; recuerdo a Diana. Recuerdo una más que probable hermosa, sencilla e ignorada historia de amistad.

© Abad Revilla.

May 3 2009

Presencias

Jose
Dedicado a todos aquellos que nunca disponen de un ratito. Véase, también, yo mismo.

Cuando muera,

no habrá tiempo.

 

Habré perdido

parte de mi yo

que tú me generas.

 

Sobrará el recuerdo

de cada adiós

en las horas de ausencia.

 

Y nadie, soledad, soñará

palabras que callé,

sonrisas que omití.

 

Cuando yo muera,

abrazarán , tal vez,

mi tiempo fugitivo:

 

Presencias, que no olvidos.

Cabalgata de esencias.

Tiempo compartido.

 

Cuando muera, no habrá tiempo.

Mi tiempo, pues, vive contigo.

© Abad Revilla.

Apr 28 2009

Historia de una bufanda

Jose

“Daría valor a las cosas no por lo que valen, sino por lo que significan”. (Gabriel García Márquez)

Luce, alrededor de mi cuello, una sencilla y acogedora bufanda. La temperatura es agradable. El cielo, despejado, no permite barruntar un cambio en la sensación alegre que el luminoso día ofrece. Se respira, pues, primavera por doquier: serenidad, gozo, esperanza. La estación ostenta su belleza ya asentada.

¿Sobra la prenda? Paso mi mano sobre ella, deteniéndome en sus cortos y finos flecos. El tacto se regocija en la suavidad de la lana. Los dedos rozan las iniciales bordadas. No es un simple paño, no. Se trata de un don.

Mi imaginación va recorriendo cada eslabón de la cadena: el ganadero  madrugador y desconocido; el pastor yacente en los pastos destemplados; el transportista seguramente fatigado; la obrera, con el alma en los hijos y el pan en sus manos; el intermediario, cansado de la monotonía y la intrascendencia de su trabajo; la dependienta, quien saluda con amabilidad para ser, frecuentemente, ignorada. Cada uno de ellos posibilitó el que una muchacha, a sus dieciocho años, eligiera una sencilla bufanda para hacer un regalo. Tan sólo quedaba un remate sentido: bordar dos letras (J y R); en fin, de ello se encargaría su madre.

Casi veinte años después, aún me acompañan esas sinergias compartidas, cuyo resultado final (esta bufanda) se empapa del milagro del aprecio; o del afecto; o de la ternura; o del cariño; o del amor. Elija, estimado lector, lo que menos le violente y más le agrade; no errará, porque cada uno de estos sentimientos es verdadero.

La vida es un hecho extraordinario y maravilloso. Desde que somos concebidos, miles de pequeños accidentes pueden acabar con nuestra existencia antes de nacer. Después, aumenta el riesgo. Cada segundo de cada minuto es una conquista de la vida, con un coste energético desmesurado, ante la posibilidad del caos y la destrucción. Millones y millones de pequeños actos para mantenernos sanos. La biología se encarga de que sobrevivamos. Más allá de nuestro ser interior, las personas de nuestro entorno, al estimarnos, consiguen que vivamos. Ése es el auténtico misterio; ése es el verdadero don.

Aquellos jóvenes que entraban juntos en la edad adulta, al menos oficialmente, dividieron sus caminos, viven hoy a numerosísimos kilómetros de distancia. Ambos siguen persiguiendo sus respectivos sueños, en el fondo coincidentes, “escalando cada montaña” o “vadeando cada corriente”, si resultara necesario para conseguirlos, como animaría a hacer la oronda abadesa del film Sonrisas y lágrimas (Sound of music). Con todo, también saben que una simple circunstancia, como es el espacio que los separa, no cercena la emoción.

Quizá las estrellas hayan fenecido; puede que el pastor, el obrero o el dependiente dejaran de cumplir esa misión. Pero su efecto aún persiste, todavía la luz que produjeron llega hoy viva a mi planeta como vehículo de expresión. Yo se lo agradezco y confío en no tener que decir un día, con Tagore, que “llevo dentro de mí un peso agobiante: el peso de las riquezas que no he dado a los demás”.

En tanto, abrazo el milagro del afecto que colma mi bufanda. Recuerdo otras tantas con las que también me obsequiaron, cada una diferente, cada una especial. Y, así, abrazo el calor de la vida que, aún hoy, me siguen regalando.

© Abad Revilla.


Apr 20 2009

Encuentro

Jose

(Para Charo GC)

Perdido.

Me detengo.

 

Contemplo.

Callo.

 

Inspiro.

Siento.

 

Resurjo.

Y aliento.

 

Aliento mi yo,

que no mi ego.

 

Abrazo mi ser,

que no mi circunstancia:

 

Nada;

Viento.

 

Presencia que no muda.

Latencia.

 

Ardiente silencio.

 

© Abad Revilla.

Apr 19 2009

Error y esperanza

Jose

Según va saltando el dial en el aparato radiofónico del automóvil, contemplo con pura delectación los parajes amables y frescos del bierzo leonés. Es primavera; a tenor de la naturaleza, el ánimo parece mudable (ora lluvioso, ora radiante), pero con la serenidad que fluye desde la certeza de sentirse acogido, amado. Vuelvo a admirarlos; son hermosos.

Escucho el siguiente suceso. Tras detener un automóvil por exceso de velocidad, agentes de la Policía Nacional comprueban que ninguno de sus tres ocupantes -el matrimonio, delante; una hija, detrás- tiene abrochado el cinturón de seguridad. La mujer lleva recogido en sus brazos al perro. Se oyen ruidos en el maletero trasero. Ordenan su apertura. Entre numerosas botellas cerveza, encuentran a dos niños pequeños. Sorpresa.  Incredulidad.

Procuro poner orden racional en medio del marasmo que la noticia me ha producido. Y me pregunto: ¿qué conduce a dos adultos a transportar a sus hijos en el maletero del vehículo, asemejándolos así a mercancía?; ¿vale más la vida de un animal, por muy estimado que fuere, que la de una persona?; ¿qué aprecio por sí mismo tiene un hombre que conduce, sin la protección necesaria, a alta velocidad?

Traigo a estas líneas una anécdota cuasipersonal. Entre las numerosas virtudes que tiene mi hermano, figura la de encargarse de encontrar y adquirir las viandas de la familia (tarea harto enojosa en ocasiones). Como buen biólogo, recibe algunos ataques dialécticos ante el presunto y gratuito maltrato que los animales, en las investigaciones científicas, sufren. Entre ellos, los de una amable panadera, quien, por aquel entonces, le recriminaba a diario que no tuviera corazón. Pobres animales; horrendo crimen. Tras años de escuchar la consabida perorata, la buena mujer sintió el gozo enorme de ver nacer a su sobrina; y el desgarrador infortunio de que a ésta le fuera diagnosticada una enfermedad neuronal degenerativa. Este triste acontecimiento coincidió con el descubrimiento de un posible y esperanzador tratamiento de la enfermedad; eso sí, para realizar el estudio se necesitaba sacrificar un gran número de ovejas. La buena panadera, una vez hecho público el hallazgo, impelía a mi hermano a matar cuantas fueran necesarias para descubrir el remedio sanador de la niña.

Tengo la desagradable impresión, cada día más, de que se frivoliza la importancia y la dignidad de mí mismo; de usted mismo, estimado lector. De la persona, en definitiva.

Recorro con mi mente la existencia de algunos maestros que, desde la antigüedad, elevaron, o al menos lo intentaron, la condición del hombre. Menciono, tan sólo, a tres: Amenofis IV (también conocido como Akhenatón, s. XIV a.C.) anticipó la igualdad de las personas como consecuencia de la bondad de un Dios que amaba a todos por igual, rompiendo así con la tradición egipcia; Buda (s. VI a.C.) procuró liberarse buscando las fuentes de la sabiduría con la meditación, quebrantando la hegemonía de las normas; Jesús de Nazaret, quien trajo la seguridad del Dios que siempre abraza y acompaña, rescatando la grandeza del hombre por encima de cualquier condición o circunstancia, por encima de cualquier interés. Hay, afortunadamente, muchos más.

Pero seguimos metiendo a nuestros hijos en maleteros , estén éstos en automóviles o en fábricas hacinadas de Oriente. ¿No nos estamos matando a nosotros mismos? ¿No estamos escupiendo sobre nuestra propia especie? ¿Me gustaría a mí estar metido en ese habitáculo? ¿Qué nos sucede?

Quizá estos padres no han hecho más que repetir los patrones que ellos mismos han sufrido. Tal vez han aprendido, o les han hecho aprender, que ellos mismos no son importantes, lo más importante.

Y me pregunto con qué ojos, tras vivir esa y, supongo, similares experiencias, en la que un perro es más valioso que ellos, con qué mirada esos niños contemplarán el mundo. Ortega y Gasset afirmaba, con cierta pavorosa rigidez, que “no se ve con los ojos, sino a través de ellos”, quiere decir, a través de nuestras propias experiencias; Ramón y Cajal nos llenó de esperanza: “el hombre puede ser, si se lo propone, arquitecto de su propio cerebro”, esto es, se puede desaprender que no soy digno y aprender lo contrario. Que alguien se lo comunique, por favor.

Sigo contemplando el bierzo leonés; permito que me inunde su belleza. Y deseo que, algún día, esos niños también lo hagan.

© Abad Revilla.