In honorem

Jose

Han sido numerosas las personas que han manifestado su extrañeza ante mi silencio, ante la demora a la hora de escribir de nuevo en esta página. El alto índice de paro, con sus miles de miles de caras particulares, algunas de ellas cercanas y queridas, amén de los “parece que irremediables” porcentajes de enfermedades y de muertes infantiles por la desnutrición mundial, me hacen cuestionar la validez o vanidad de estas líneas. Ideas repetidas por unos y otros en medios diferentes; distintas palabras, aunque mismas tristezas. Con la sensación de llenar el viento con frases bien intencionadas, pero tal vez estériles. Todos necesitamos trigo; sólamente después, prédicas.

Aun así, la cabra tira siempre al monte; y uno de los montes de este aprendiz, bueno o malo, es éste, el de la comunicación. Otro, las personas a las que quiero hoy homenajear.

Mes y medio en la retaguardia da para mucho. A modo de ejemplo, he contemplado, con estupefacción dolorosa, cómo un afamado entrevistador afirmaba, en horario de máxima audiencia y con aplomo sobrecogedor, que cierto personaje público, envuelto en un torbellino de problemas, sólo disponía de una solución: el suicidio. Poco le importó que la llamada “autolisis” (sonoro eufemismo científico) se haya incrementado un treinta por cien en la población juvenil europea (y sin la ayuda clarificadora de su comentario) o que miles de personas luchen por corregir su camino emocional y mental en orden a lograr su felicidad, a veces con grandes dosis de lágrimas y férrea voluntad.

Uno más. He escuchado también la terrible noticia del asesinato de un matrimonio estadounidense que se dedicaba, a tiempo completo, a proteger y a educar a casi una veintena de niños con diferentes discapacidades; y la crítica feroz posterior de un reconocido comentarista español afeando la conducta de esa pareja, puesto que no sólo los rehabilitaba, sino que los adoptaba. Tremendo delito. Parece que acoger y convertir en propios hijos a seres humanos que presentan serios problemas desde su nacimiento, en un país, además, poco dado a una cobertura social eficaz y universal, debería prohibirse explícitamente en la carta universal de los derechos humanos y, tal vez, adjuntarse en el decálogo del monte Sinaí: “no adoptarás a niños discapacitados”.

Tercero. Pude obsevar cómo una conocidísima periodista española se lamentaba de que una muy relevante personalidad mundial, cuyo principal cometido es liderar y cuidar la atención material y espiritual de un populoso y hambriento pueblo,  no podía escribir ensayos ni interpretar piezas de piano al lesionarse un brazo. Quizá la comunicadora tenga razón y convenga más dolerse por esa limitación temporal que por los gritos clamorosos de los desheredados.

Permítaseme ahondar en un plano similar. Vicente Ferrer ha modificado la vida de cuatro millones de personas, convirtiendo su miseria en dignidad. Le voy a pedir, mi estimado lector, que realice un sencillo ejercicio: cierre los ojos, inicie la cuenta (uno, dos, tres, cuatro…) y comience a imaginar los rostros, uno por número, de cada uno de esos cuatro millones de seres humanos. ¿Largo? ¿Cansado? ¿Difícil? ¿Hermoso? Actúe ahora de forma similar, pero, en esta ocasión, visualice sólo a una persona: Michael Jackson. ¿Con cuál de las dos actividades ha sentido mayor gozo? Los medios de comunicación lo tienen claro: el filántropo español ocupó treinta segundos en los informativos de sobremesa el día posterior a su muerte; el genio norteamericano, quince minutos.

La sugerencia del suicidio, la crítica mordaz hacia la adopción desinteresada y noble, la preponderancia del intelecto o del arte sobre el hambre del hombre… me hacen cuestionar el grado de salud mental y humana de nuestro primer mundo. John Lennon llegó a afirmar que “vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, aunque la violencia se practica a plena luz del día”.

Se trata, pues y en definitiva, de elegir dónde colocamos la tilde, sobre qué ponemos el acento: ¿sobre Jackson o sobre Ferrer?, ¿sobre el piano o sobre el hombre?

Rindo homenaje a quienes sitúan a las personas en el corazón, por encima de lo político, lo económico, lo social o lo religioso. No porque racionalmente pueda parecer lo correcto; no porque resulte estético; y no porque eviten el naufragio general. Básica y resumidamente, porque dan calor. Porque abrazan; porque acompañan, segundo tras segundo, día tras día, muchas veces a pesar de todo. Todos conocemos a alguno de ellos, o a más de uno; están cerca de nosotros, con sus nombres propios. A mí, por fortuna, me rodean unos cuantos.

Quizá, quién sabe, sólo en esto consista la labor de quien escribe, en recordar siempre lo mismo con diferentes palabras: que somos hombres y necesitamos el calor de un abrazo.


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