Jan 4 2010

Romance del camino

Jose

(Itinerario 2010)

No me pidáis perfección,

porque me siento finito.

 

Ni esperéis de mí firmeza,

que estoy iniciando el camino.

 

Ni aún me pidáis certezas,

salvo la del buen amigo.

 

¿Creéis seguros mis logros?

Sería gran desatino.

 

No me veréis fortaleza:

suelo caer como un niño.

 

Ni habrá siempre amable calma,

si aflora el león herido.

 

Pedidme, si queréis, tiempo;

presto acudiré al oírlo.

 

O también luengos abrazos

para poder yo sentirlos.

 

Y pedid que arroje el oro;

oro hallaré al recibiros.

 

Que en humo se torna todo,

todo devendrá en vacío,

 

si acompañaros no pude;

si me perdí en el gentío.

 

©Abad Revilla

May 26 2009

Comunicar

Jose

Estoy sentado a la mesa que sirve de atrezo en el local de ensayos. Ensimismados en la composición del recitado, absorbidos por el encaje mimado de la palabra y las figuras musicales que desean elaborar, esto es, fundidos con el arte, se afanan el director y dos actores de la Compañía teatral y un intérprete de viola; todos ellos me favorecen con el preciado don de la amistad; el último de ellos, por más decir, acerca a mi orilla el aroma de un afecto que perdura a pesar de los años, de la distancia y de la autoridad que hube de ejercer sobre él (mejor, hacia él) en los años que fuera mi alumno.

Me percato, repentinamente, del sabor del momento. El músico destila notas de una ingravidez contagiosa, cuya armónica delicadeza seduce, transfigura y extasía. La actriz, dulce y rítmicamente, desgrana las palabras de uno de los poemas: “En el oro, oro, de tu maravilla,/ me he perdido un instante enamorado (…)”. Me sorprendo. Es hermoso. La magia de la voz y de la música embellece, con su vital calor innato,  sentimientos que un día yo escribiera. Las interpretaciones, entregadas e intensas, emocionan. Contemplo, embobado a unos; asienten, satisfechos, los otros. Vi que todo era bueno.

Día del Libro. Llegamos, con un grupo numeroso de adolescentes, a una gran librería, en lo que va camino de convertirse en una tradición de esta jornada: seleccionar y adquirir un título cada uno de ellos. Me abrumo: cadenas y cadenas de estanterías atestadas reclaman su hegemonía; libros, libretes y volúmenes se erigen como soldados desafiantes ante el escritor novel. No puedo, no quiero, no sirvo para competir, para vencer, para convencer. Mi oficio es escribir, no vender. Recuerdo la página web que me habilitaron; se me esponjan los pulmones: nada de rivalizar, sólo comunicar.

Llega la tarde; con ella, el momento de la presentación. Imprevistos de última hora acaban por disparar mis nervios. Va a comenzar. Veo a una antigua compañera; salta el corazón de júbilo. Me acerco, departimos brevemente. Se inicia el acto. Aumenta mi excitación. Me percato, bruscamente, de que voy a desnudarme al completo: ahí está la obra, estoy yo en estado puro. Entra en la pequeña sala una antigua alumna; le dirijo un expresivo guiño. Palabras, discursos. Percibo que el lugar acoge a personas queridas y añoradas; ignoro cómo supieron, cómo llegaron. El nerviosismo se manifiesta también en los amigos intérpretes; no acostumbran a la distancia corta, pero allí están, transmitiendo sentimientos “gratis et amore”. La charla final acerca y acentúa emociones. Desde la atalaya de la mesa presidencial, observo a todos los presentes. Detecto aprecio, calidez; más aún, afecto. Y vi, también, que todo era bueno.

En más de una ocasión, me he cuestionado el grado de utilidad que mis palabras pueden tener; la vanidad se agazapa bajo formas estéticas o altruistas, asunto grave en un mundo cuya población mayoritaria agoniza por hambre o por enfermedad curable. Pero más allá de esta inquietud, me vence la necesidad misteriosa e indomable de comunicar. Y me pregunto, estimado lector, si esa urgencia habita en el corazón de cada hombre.

El yo no existe sin el tú; es nuestra relación lo que nos humaniza o lo que acaba por convertirnos en animales. Y el arte, al fin y al cabo, es comunicación. De ahí que D. Miguel Delibes afirmara, en unos de sus magníficos artículos de mediados del pasado siglo, que “una cosa es el arte y otra, bien distinta, el comercio”. Nos comunicamos para que nos acojan; las palabras no son meros sonidos articulados, sino pedazos de alma que anhelan ser acogidos y valorados. Por ello, el acto más sublime de comunicación es el amor.

Tal vez, por eso escribo, en un afán mendicante de relación, lo que difiere bastante de la competición comercial. Dice García Márquez que “todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada”. Si deseara habitar allí, habría de llevar conmigo abrigo suficiente; el precio de las altas cimas son las bajas temperaturas. Mientras ascendiera, colmaría la mochila de un calor humano con el que poderme alimentar, de un espíritu vivo con el que poder transmitir, como el que se palpaba en aquella sencilla y casi desconocida presentación; como el que circundaba aquella mesa del atrezo de nuestros ensayos.

© Abad Revilla.

May 10 2009

Ensayo sobre la amistad

Jose

Camino por Roma. Voy a adentrarme en Ciudad del Vaticano. En uno de sus muros limítrofes, una puerta, carente de todo ornato, protege uno de los deseos de Agnes Gonxha Bojaxhiu, más conocida como Madre Teresa de Calcuta: que las misioneras ejercieran su labor en el mismo corazón de la máxima sede pontificia. Flanqueando la jamba izquierda, una pequeña chapa metálica inscrita da fe de su existencia.

Rememoro al instante cuantos documentales y filmes han intentado mostrar la vida de aquella pequeña gran mujer; en todos ellos, quedaba expuesto el deseo de abrir esa casa. Ligada a esas cintas del celuloide, siempre ha surgido en mí una pregunta: por qué se obvia en ellas la relación de la religiosa con Diana Spencer o, si se quiere, con la también desaparecida princesa Diana de Gales. ¿Se trata acaso de un  hecho tan disonante que no merece tan siquiera citarse? Y, si lo fuera, ¿prescindir de él no resultaría un tanto artificial? ¿El contacto que mantuvieron ambas mujeres no alcanzó el peso humano suficiente como para detenernos en él? ¿Fue lady Diana un apéndice ocasional, incluso excusable, en la vida de Madre Teresa?

Fueron pocos los medios que destacaron la fortísima impresión que causó el fallecimiento de la princesa en la religiosa. Más escasos aún los que informaron del agravamiento repentino y severo de su salud, ya muy debilitada, tras conocer la noticia. Casi ninguno comunicó su intención de ofrecer una misa solemne por el alma de la accidentada Diana. Sin embargo, algunos sí mencionaron, con cierta frivolidad, la “coincidencia” en el tiempo de ambas muertes, a menos de siete días la una de la otra.

Me permitirá, estimado lector, ahondar un poco en la reflexión. Es poco conocida la visita que la Princesa de Gales, tres años después de conocer a Madre Teresa, realizara con sus dos hijos al refugio católico -ella no lo era- para los sin techo londinenses en vísperas de Navidad. La Hermana responsable del centro destacó de ella su capacidad de escucha; también, su preocupación por que su hijo, rey futuro, supiera del sufrimiento para ser justo. Ella, tan veleidosa, frecuentaba un pequeño templo católico en el que rezaba. Tan errática también, fue enterrada con el rosario que Madre Teresa le regaló.

El entonces hermetismo (más que comprensible) de ciertas facetas (pocas) de la intimidad de la religiosa no impidió que se conociera una perla de su evolución humana; ella así lo deseó. Madre Teresa pasó de defender el matrimonio hasta la muerte, más allá de cualquier cambio en el afecto de la vida conyugal (férrea doctrina católica), a comprender, merced a su relación con Diana -sin títulos-, que en ocasiones es sensata y necesaria la separación. Pura empatía; sencilla identificación afectiva. Este gran salto, conociendo los antecedentes de la religiosa, solamente es comprensible barruntando una relación profunda entre ambas.

No hablo de actos; hablo de esencias: ¿realmente eran tan diferentes? Diana Spencer se sentía ignorada; perdida. Agnes Gonxha -sin títulos también- zozobraba por su larga y profunda noche obscura. A ambas no les bastaba las razones, fueran de Estado o de Religión. Se ahogaban. Y buscaban el amor, sentirse acogidas (¡y quién no!), de maneras ciertamente diferentes. ¿O no?

La amistad dista mucho de ser una relación entre iguales, aunque se trate, como diría el eximio Pitágoras, de una igualdad armoniosa. No trata de dar o hallar razones, sino de compartir corazones, constituyéndose, en sí misma, un hogar y un alimento. William Blake lo expuso de manera hermosa y brillante: “El pájaro, un nido; la araña, una tela; el hombre, la amistad”. Por esto mismo, su existencia parece tan infrecuente y su pérdida, tan dolorosa. En este ámbito emocional, no resulta nada forzado el pensar que la muerte inesperada y violenta de un joven ser querido pueda desequilibrar un organismo, por muy sano que esté. Confieso que éste no es el único caso al respecto que he conocido.

Continúo caminando por Roma. Veo religiosos; y veo boatos. A veces confluyen ambos entre sí. Deseo que lo hagan con el corazón palpitante, doliente o no, de por medio. Recuerdo a Agnes; recuerdo a Diana. Recuerdo una más que probable hermosa, sencilla e ignorada historia de amistad.

© Abad Revilla.