May 26 2009

Comunicar

Jose

Estoy sentado a la mesa que sirve de atrezo en el local de ensayos. Ensimismados en la composición del recitado, absorbidos por el encaje mimado de la palabra y las figuras musicales que desean elaborar, esto es, fundidos con el arte, se afanan el director y dos actores de la Compañía teatral y un intérprete de viola; todos ellos me favorecen con el preciado don de la amistad; el último de ellos, por más decir, acerca a mi orilla el aroma de un afecto que perdura a pesar de los años, de la distancia y de la autoridad que hube de ejercer sobre él (mejor, hacia él) en los años que fuera mi alumno.

Me percato, repentinamente, del sabor del momento. El músico destila notas de una ingravidez contagiosa, cuya armónica delicadeza seduce, transfigura y extasía. La actriz, dulce y rítmicamente, desgrana las palabras de uno de los poemas: “En el oro, oro, de tu maravilla,/ me he perdido un instante enamorado (…)”. Me sorprendo. Es hermoso. La magia de la voz y de la música embellece, con su vital calor innato,  sentimientos que un día yo escribiera. Las interpretaciones, entregadas e intensas, emocionan. Contemplo, embobado a unos; asienten, satisfechos, los otros. Vi que todo era bueno.

Día del Libro. Llegamos, con un grupo numeroso de adolescentes, a una gran librería, en lo que va camino de convertirse en una tradición de esta jornada: seleccionar y adquirir un título cada uno de ellos. Me abrumo: cadenas y cadenas de estanterías atestadas reclaman su hegemonía; libros, libretes y volúmenes se erigen como soldados desafiantes ante el escritor novel. No puedo, no quiero, no sirvo para competir, para vencer, para convencer. Mi oficio es escribir, no vender. Recuerdo la página web que me habilitaron; se me esponjan los pulmones: nada de rivalizar, sólo comunicar.

Llega la tarde; con ella, el momento de la presentación. Imprevistos de última hora acaban por disparar mis nervios. Va a comenzar. Veo a una antigua compañera; salta el corazón de júbilo. Me acerco, departimos brevemente. Se inicia el acto. Aumenta mi excitación. Me percato, bruscamente, de que voy a desnudarme al completo: ahí está la obra, estoy yo en estado puro. Entra en la pequeña sala una antigua alumna; le dirijo un expresivo guiño. Palabras, discursos. Percibo que el lugar acoge a personas queridas y añoradas; ignoro cómo supieron, cómo llegaron. El nerviosismo se manifiesta también en los amigos intérpretes; no acostumbran a la distancia corta, pero allí están, transmitiendo sentimientos “gratis et amore”. La charla final acerca y acentúa emociones. Desde la atalaya de la mesa presidencial, observo a todos los presentes. Detecto aprecio, calidez; más aún, afecto. Y vi, también, que todo era bueno.

En más de una ocasión, me he cuestionado el grado de utilidad que mis palabras pueden tener; la vanidad se agazapa bajo formas estéticas o altruistas, asunto grave en un mundo cuya población mayoritaria agoniza por hambre o por enfermedad curable. Pero más allá de esta inquietud, me vence la necesidad misteriosa e indomable de comunicar. Y me pregunto, estimado lector, si esa urgencia habita en el corazón de cada hombre.

El yo no existe sin el tú; es nuestra relación lo que nos humaniza o lo que acaba por convertirnos en animales. Y el arte, al fin y al cabo, es comunicación. De ahí que D. Miguel Delibes afirmara, en unos de sus magníficos artículos de mediados del pasado siglo, que “una cosa es el arte y otra, bien distinta, el comercio”. Nos comunicamos para que nos acojan; las palabras no son meros sonidos articulados, sino pedazos de alma que anhelan ser acogidos y valorados. Por ello, el acto más sublime de comunicación es el amor.

Tal vez, por eso escribo, en un afán mendicante de relación, lo que difiere bastante de la competición comercial. Dice García Márquez que “todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada”. Si deseara habitar allí, habría de llevar conmigo abrigo suficiente; el precio de las altas cimas son las bajas temperaturas. Mientras ascendiera, colmaría la mochila de un calor humano con el que poderme alimentar, de un espíritu vivo con el que poder transmitir, como el que se palpaba en aquella sencilla y casi desconocida presentación; como el que circundaba aquella mesa del atrezo de nuestros ensayos.

© Abad Revilla.

May 10 2009

Ensayo sobre la amistad

Jose

Camino por Roma. Voy a adentrarme en Ciudad del Vaticano. En uno de sus muros limítrofes, una puerta, carente de todo ornato, protege uno de los deseos de Agnes Gonxha Bojaxhiu, más conocida como Madre Teresa de Calcuta: que las misioneras ejercieran su labor en el mismo corazón de la máxima sede pontificia. Flanqueando la jamba izquierda, una pequeña chapa metálica inscrita da fe de su existencia.

Rememoro al instante cuantos documentales y filmes han intentado mostrar la vida de aquella pequeña gran mujer; en todos ellos, quedaba expuesto el deseo de abrir esa casa. Ligada a esas cintas del celuloide, siempre ha surgido en mí una pregunta: por qué se obvia en ellas la relación de la religiosa con Diana Spencer o, si se quiere, con la también desaparecida princesa Diana de Gales. ¿Se trata acaso de un  hecho tan disonante que no merece tan siquiera citarse? Y, si lo fuera, ¿prescindir de él no resultaría un tanto artificial? ¿El contacto que mantuvieron ambas mujeres no alcanzó el peso humano suficiente como para detenernos en él? ¿Fue lady Diana un apéndice ocasional, incluso excusable, en la vida de Madre Teresa?

Fueron pocos los medios que destacaron la fortísima impresión que causó el fallecimiento de la princesa en la religiosa. Más escasos aún los que informaron del agravamiento repentino y severo de su salud, ya muy debilitada, tras conocer la noticia. Casi ninguno comunicó su intención de ofrecer una misa solemne por el alma de la accidentada Diana. Sin embargo, algunos sí mencionaron, con cierta frivolidad, la “coincidencia” en el tiempo de ambas muertes, a menos de siete días la una de la otra.

Me permitirá, estimado lector, ahondar un poco en la reflexión. Es poco conocida la visita que la Princesa de Gales, tres años después de conocer a Madre Teresa, realizara con sus dos hijos al refugio católico -ella no lo era- para los sin techo londinenses en vísperas de Navidad. La Hermana responsable del centro destacó de ella su capacidad de escucha; también, su preocupación por que su hijo, rey futuro, supiera del sufrimiento para ser justo. Ella, tan veleidosa, frecuentaba un pequeño templo católico en el que rezaba. Tan errática también, fue enterrada con el rosario que Madre Teresa le regaló.

El entonces hermetismo (más que comprensible) de ciertas facetas (pocas) de la intimidad de la religiosa no impidió que se conociera una perla de su evolución humana; ella así lo deseó. Madre Teresa pasó de defender el matrimonio hasta la muerte, más allá de cualquier cambio en el afecto de la vida conyugal (férrea doctrina católica), a comprender, merced a su relación con Diana -sin títulos-, que en ocasiones es sensata y necesaria la separación. Pura empatía; sencilla identificación afectiva. Este gran salto, conociendo los antecedentes de la religiosa, solamente es comprensible barruntando una relación profunda entre ambas.

No hablo de actos; hablo de esencias: ¿realmente eran tan diferentes? Diana Spencer se sentía ignorada; perdida. Agnes Gonxha -sin títulos también- zozobraba por su larga y profunda noche obscura. A ambas no les bastaba las razones, fueran de Estado o de Religión. Se ahogaban. Y buscaban el amor, sentirse acogidas (¡y quién no!), de maneras ciertamente diferentes. ¿O no?

La amistad dista mucho de ser una relación entre iguales, aunque se trate, como diría el eximio Pitágoras, de una igualdad armoniosa. No trata de dar o hallar razones, sino de compartir corazones, constituyéndose, en sí misma, un hogar y un alimento. William Blake lo expuso de manera hermosa y brillante: “El pájaro, un nido; la araña, una tela; el hombre, la amistad”. Por esto mismo, su existencia parece tan infrecuente y su pérdida, tan dolorosa. En este ámbito emocional, no resulta nada forzado el pensar que la muerte inesperada y violenta de un joven ser querido pueda desequilibrar un organismo, por muy sano que esté. Confieso que éste no es el único caso al respecto que he conocido.

Continúo caminando por Roma. Veo religiosos; y veo boatos. A veces confluyen ambos entre sí. Deseo que lo hagan con el corazón palpitante, doliente o no, de por medio. Recuerdo a Agnes; recuerdo a Diana. Recuerdo una más que probable hermosa, sencilla e ignorada historia de amistad.

© Abad Revilla.

Apr 28 2009

Historia de una bufanda

Jose

“Daría valor a las cosas no por lo que valen, sino por lo que significan”. (Gabriel García Márquez)

Luce, alrededor de mi cuello, una sencilla y acogedora bufanda. La temperatura es agradable. El cielo, despejado, no permite barruntar un cambio en la sensación alegre que el luminoso día ofrece. Se respira, pues, primavera por doquier: serenidad, gozo, esperanza. La estación ostenta su belleza ya asentada.

¿Sobra la prenda? Paso mi mano sobre ella, deteniéndome en sus cortos y finos flecos. El tacto se regocija en la suavidad de la lana. Los dedos rozan las iniciales bordadas. No es un simple paño, no. Se trata de un don.

Mi imaginación va recorriendo cada eslabón de la cadena: el ganadero  madrugador y desconocido; el pastor yacente en los pastos destemplados; el transportista seguramente fatigado; la obrera, con el alma en los hijos y el pan en sus manos; el intermediario, cansado de la monotonía y la intrascendencia de su trabajo; la dependienta, quien saluda con amabilidad para ser, frecuentemente, ignorada. Cada uno de ellos posibilitó el que una muchacha, a sus dieciocho años, eligiera una sencilla bufanda para hacer un regalo. Tan sólo quedaba un remate sentido: bordar dos letras (J y R); en fin, de ello se encargaría su madre.

Casi veinte años después, aún me acompañan esas sinergias compartidas, cuyo resultado final (esta bufanda) se empapa del milagro del aprecio; o del afecto; o de la ternura; o del cariño; o del amor. Elija, estimado lector, lo que menos le violente y más le agrade; no errará, porque cada uno de estos sentimientos es verdadero.

La vida es un hecho extraordinario y maravilloso. Desde que somos concebidos, miles de pequeños accidentes pueden acabar con nuestra existencia antes de nacer. Después, aumenta el riesgo. Cada segundo de cada minuto es una conquista de la vida, con un coste energético desmesurado, ante la posibilidad del caos y la destrucción. Millones y millones de pequeños actos para mantenernos sanos. La biología se encarga de que sobrevivamos. Más allá de nuestro ser interior, las personas de nuestro entorno, al estimarnos, consiguen que vivamos. Ése es el auténtico misterio; ése es el verdadero don.

Aquellos jóvenes que entraban juntos en la edad adulta, al menos oficialmente, dividieron sus caminos, viven hoy a numerosísimos kilómetros de distancia. Ambos siguen persiguiendo sus respectivos sueños, en el fondo coincidentes, “escalando cada montaña” o “vadeando cada corriente”, si resultara necesario para conseguirlos, como animaría a hacer la oronda abadesa del film Sonrisas y lágrimas (Sound of music). Con todo, también saben que una simple circunstancia, como es el espacio que los separa, no cercena la emoción.

Quizá las estrellas hayan fenecido; puede que el pastor, el obrero o el dependiente dejaran de cumplir esa misión. Pero su efecto aún persiste, todavía la luz que produjeron llega hoy viva a mi planeta como vehículo de expresión. Yo se lo agradezco y confío en no tener que decir un día, con Tagore, que “llevo dentro de mí un peso agobiante: el peso de las riquezas que no he dado a los demás”.

En tanto, abrazo el milagro del afecto que colma mi bufanda. Recuerdo otras tantas con las que también me obsequiaron, cada una diferente, cada una especial. Y, así, abrazo el calor de la vida que, aún hoy, me siguen regalando.

© Abad Revilla.


Apr 12 2009

Sobre gatos y creencias

Jose

Veo con interés uno de los reportajes que, en estos días de Semana Santa, se emite por Antena 3 Televisión, cadena española de ámbito nacional. En él, se detallan los descubrimientos recientes de varias tumbas en las cercanías del antiguo Jerusalén. En una de éstas, reposaban los restos de una familia carnal: de Jesús, hijo de José, de María, de Santiago, de Mateo, de María Magdalena, de Judas, hijo de Jesús, etc. El resultado estadístico del estudio (basado en los hallazgos, en las Escrituras, en otros libros históricos) confirmaría, con un 99′997 % de seguridad (más que suficiente para la Ciencia) que estamos hablando de la familia de Jesús de Nazaret.

La pregunta me surge de manera inmediata: ¿deberían sentirse amenazadas las Iglesias cristianas ante estos datos, más allá de resultar ciertos?

Recuerdo una leyenda budista (1): el abad de un monasterio permite a un gato permanecer en la estancia durante el rezo comunitario. El abad parece contento de su compañía, por lo que el hecho se repite una y otra vez mientras viven ambos. El nuevo abad, sucesor del anterior, una vez ostenta el nuevo cargo, acoge al gato en señal de afecto y de sencillo homenaje a su protector y maestro, por lo que el lindo minino continúa presente durante la oración grupal. Pasado cierto tiempo, sesudos teólogos escriben tratados y más tratados sobre la importancia de los gatos durante los ritos sagrados, de manera que las celebraciones parecen menos sagradas sin su presencia.

Nuestras Iglesias, durante siglos y siglos, con toda su mejor intención, se han llenado de dogmas, de costumbres (mores en latín; de ahí la palabra moral), no sólo en los ritos, sino también en la vida ordinaria. Gatos que empañan la esencia de los actos. Y la esencia de Dios. Esa esencia, bellísima, se ha ido diluyendo como un azucarillo en el torbellino de las formas y de las interpretaciones.

Esa esencia no es más que amor. Amor a uno mismo; al otro; y a Dios. Con un apéndice importantísimo: que, para Dios, el otro somos nosotros (tú, estimado lector). Y que ama con independencia de lo que hagamos. No se va de paseo, dejándonos solos; ni nos abronca, esperando con un pesado bate de béisbol en la mano para lanzárnoslo a la cabeza en cuanto tiene oportunidad. Amor incondicional; continuo acompañamiento.

Pero no acabamos de creerlo porque, desde niños, nos han llenado la cabeza de normas y de castigos.

Los gatos no son importantes. Tuve una tía que se preguntaba por qué había sido tan necesario llevar el velo en los templos y por qué, más tarde, lo fue el no llevarlo tras un Concilio. Es un ejemplo trivial, admitámoslo. Pero no lo son otros errores históricos, que han hecho sufrir demasiado, ni las escisiones entre los propios cristianos. Un botón de muestra: en el antiguo Credo, se mencionaba que “el Espíritu Santo procede del Padre”; en el Concilio de Nicea se añadió “y del Hijo”, lo que supuso la primera gran tirantez entre cristianos de Oriente y Occidente. Mas ¿alguien puede asegurar algo sobre el Espíritu?; o mejor, ¿le va en ello la existencia?

Gatos y más gatos. Al cursar mis escasísimos estudios al respecto, mi  maestro, fraile piadoso por otra parte, definió la Teología Fundamental como “ciencia que intenta explicar lo inexplicable”; a lo que él mismo apostilló: “si es inexplicable, ¿por qué nos atrevemos a explicarlo?” Los monjes budistas creen que la actitud más respetuosa ante Dios es no hablar de él, ya que no puede conocerse. Los cristianos hemos tenido la fortuna de verlo y tocarlo, pero caímos en el error de interpretarlo. Todo es mucho más sencillo: dejarse amar.

Surge el miedo: “¿Amar? ¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?” Respuesta: ”amar sólo”. Y réplica: “pero ¿cómo?” Recuerdo a mis alumnos. Me gusta dotarles, en mis pequeñas posibilidades, de libertad, por lo que suelo indicarles, a la hora de ordenarles hacer algún trabajo, sólo el tema. Inmediatamente me asedian con preguntas: “¿cuántas páginas?, ¿con dibujos?, ¿como yo quiera?” Surge el miedo. No acaban de creerse que sólo hay que trabajar. No acabamos de creernos que sólo hay que amar.

Ésa es la única seguridad; ésa es la única libertad. Esas normas y esos dogmas, esos gatos en definitiva, pueden darnos, quizá, una falsa sensación de seguridad, sí. Pero ¿a qué precio?

© Abad Revilla.
(1) Versión de El gato del ashram, de B. Shree Rajneesh.

Apr 7 2009

Mendigo de amor

Jose

Soy un pobre niño que tiene miedo;

un mendigo de amor;

un refugiado.

No tengo patria ni religión.

Mi hogar es el corazón

de aquellos que me amaron.

©La lámpara desnuda, de Abad Revilla.