Comunicar
Estoy sentado a la mesa que sirve de atrezo en el local de ensayos. Ensimismados en la composición del recitado, absorbidos por el encaje mimado de la palabra y las figuras musicales que desean elaborar, esto es, fundidos con el arte, se afanan el director y dos actores de la Compañía teatral y un intérprete de viola; todos ellos me favorecen con el preciado don de la amistad; el último de ellos, por más decir, acerca a mi orilla el aroma de un afecto que perdura a pesar de los años, de la distancia y de la autoridad que hube de ejercer sobre él (mejor, hacia él) en los años que fuera mi alumno.
Me percato, repentinamente, del sabor del momento. El músico destila notas de una ingravidez contagiosa, cuya armónica delicadeza seduce, transfigura y extasía. La actriz, dulce y rítmicamente, desgrana las palabras de uno de los poemas: “En el oro, oro, de tu maravilla,/ me he perdido un instante enamorado (…)”. Me sorprendo. Es hermoso. La magia de la voz y de la música embellece, con su vital calor innato, sentimientos que un día yo escribiera. Las interpretaciones, entregadas e intensas, emocionan. Contemplo, embobado a unos; asienten, satisfechos, los otros. Vi que todo era bueno.
Día del Libro. Llegamos, con un grupo numeroso de adolescentes, a una gran librería, en lo que va camino de convertirse en una tradición de esta jornada: seleccionar y adquirir un título cada uno de ellos. Me abrumo: cadenas y cadenas de estanterías atestadas reclaman su hegemonía; libros, libretes y volúmenes se erigen como soldados desafiantes ante el escritor novel. No puedo, no quiero, no sirvo para competir, para vencer, para convencer. Mi oficio es escribir, no vender. Recuerdo la página web que me habilitaron; se me esponjan los pulmones: nada de rivalizar, sólo comunicar.
Llega la tarde; con ella, el momento de la presentación. Imprevistos de última hora acaban por disparar mis nervios. Va a comenzar. Veo a una antigua compañera; salta el corazón de júbilo. Me acerco, departimos brevemente. Se inicia el acto. Aumenta mi excitación. Me percato, bruscamente, de que voy a desnudarme al completo: ahí está la obra, estoy yo en estado puro. Entra en la pequeña sala una antigua alumna; le dirijo un expresivo guiño. Palabras, discursos. Percibo que el lugar acoge a personas queridas y añoradas; ignoro cómo supieron, cómo llegaron. El nerviosismo se manifiesta también en los amigos intérpretes; no acostumbran a la distancia corta, pero allí están, transmitiendo sentimientos “gratis et amore”. La charla final acerca y acentúa emociones. Desde la atalaya de la mesa presidencial, observo a todos los presentes. Detecto aprecio, calidez; más aún, afecto. Y vi, también, que todo era bueno.
En más de una ocasión, me he cuestionado el grado de utilidad que mis palabras pueden tener; la vanidad se agazapa bajo formas estéticas o altruistas, asunto grave en un mundo cuya población mayoritaria agoniza por hambre o por enfermedad curable. Pero más allá de esta inquietud, me vence la necesidad misteriosa e indomable de comunicar. Y me pregunto, estimado lector, si esa urgencia habita en el corazón de cada hombre.
El yo no existe sin el tú; es nuestra relación lo que nos humaniza o lo que acaba por convertirnos en animales. Y el arte, al fin y al cabo, es comunicación. De ahí que D. Miguel Delibes afirmara, en unos de sus magníficos artículos de mediados del pasado siglo, que “una cosa es el arte y otra, bien distinta, el comercio”. Nos comunicamos para que nos acojan; las palabras no son meros sonidos articulados, sino pedazos de alma que anhelan ser acogidos y valorados. Por ello, el acto más sublime de comunicación es el amor.
Tal vez, por eso escribo, en un afán mendicante de relación, lo que difiere bastante de la competición comercial. Dice García Márquez que “todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada”. Si deseara habitar allí, habría de llevar conmigo abrigo suficiente; el precio de las altas cimas son las bajas temperaturas. Mientras ascendiera, colmaría la mochila de un calor humano con el que poderme alimentar, de un espíritu vivo con el que poder transmitir, como el que se palpaba en aquella sencilla y casi desconocida presentación; como el que circundaba aquella mesa del atrezo de nuestros ensayos.