Jul 31 2009

In honorem

Jose

Han sido numerosas las personas que han manifestado su extrañeza ante mi silencio, ante la demora a la hora de escribir de nuevo en esta página. El alto índice de paro, con sus miles de miles de caras particulares, algunas de ellas cercanas y queridas, amén de los “parece que irremediables” porcentajes de enfermedades y de muertes infantiles por la desnutrición mundial, me hacen cuestionar la validez o vanidad de estas líneas. Ideas repetidas por unos y otros en medios diferentes; distintas palabras, aunque mismas tristezas. Con la sensación de llenar el viento con frases bien intencionadas, pero tal vez estériles. Todos necesitamos trigo; sólamente después, prédicas.

Aun así, la cabra tira siempre al monte; y uno de los montes de este aprendiz, bueno o malo, es éste, el de la comunicación. Otro, las personas a las que quiero hoy homenajear.

Mes y medio en la retaguardia da para mucho. A modo de ejemplo, he contemplado, con estupefacción dolorosa, cómo un afamado entrevistador afirmaba, en horario de máxima audiencia y con aplomo sobrecogedor, que cierto personaje público, envuelto en un torbellino de problemas, sólo disponía de una solución: el suicidio. Poco le importó que la llamada “autolisis” (sonoro eufemismo científico) se haya incrementado un treinta por cien en la población juvenil europea (y sin la ayuda clarificadora de su comentario) o que miles de personas luchen por corregir su camino emocional y mental en orden a lograr su felicidad, a veces con grandes dosis de lágrimas y férrea voluntad.

Uno más. He escuchado también la terrible noticia del asesinato de un matrimonio estadounidense que se dedicaba, a tiempo completo, a proteger y a educar a casi una veintena de niños con diferentes discapacidades; y la crítica feroz posterior de un reconocido comentarista español afeando la conducta de esa pareja, puesto que no sólo los rehabilitaba, sino que los adoptaba. Tremendo delito. Parece que acoger y convertir en propios hijos a seres humanos que presentan serios problemas desde su nacimiento, en un país, además, poco dado a una cobertura social eficaz y universal, debería prohibirse explícitamente en la carta universal de los derechos humanos y, tal vez, adjuntarse en el decálogo del monte Sinaí: “no adoptarás a niños discapacitados”.

Tercero. Pude obsevar cómo una conocidísima periodista española se lamentaba de que una muy relevante personalidad mundial, cuyo principal cometido es liderar y cuidar la atención material y espiritual de un populoso y hambriento pueblo,  no podía escribir ensayos ni interpretar piezas de piano al lesionarse un brazo. Quizá la comunicadora tenga razón y convenga más dolerse por esa limitación temporal que por los gritos clamorosos de los desheredados.

Permítaseme ahondar en un plano similar. Vicente Ferrer ha modificado la vida de cuatro millones de personas, convirtiendo su miseria en dignidad. Le voy a pedir, mi estimado lector, que realice un sencillo ejercicio: cierre los ojos, inicie la cuenta (uno, dos, tres, cuatro…) y comience a imaginar los rostros, uno por número, de cada uno de esos cuatro millones de seres humanos. ¿Largo? ¿Cansado? ¿Difícil? ¿Hermoso? Actúe ahora de forma similar, pero, en esta ocasión, visualice sólo a una persona: Michael Jackson. ¿Con cuál de las dos actividades ha sentido mayor gozo? Los medios de comunicación lo tienen claro: el filántropo español ocupó treinta segundos en los informativos de sobremesa el día posterior a su muerte; el genio norteamericano, quince minutos.

La sugerencia del suicidio, la crítica mordaz hacia la adopción desinteresada y noble, la preponderancia del intelecto o del arte sobre el hambre del hombre… me hacen cuestionar el grado de salud mental y humana de nuestro primer mundo. John Lennon llegó a afirmar que “vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, aunque la violencia se practica a plena luz del día”.

Se trata, pues y en definitiva, de elegir dónde colocamos la tilde, sobre qué ponemos el acento: ¿sobre Jackson o sobre Ferrer?, ¿sobre el piano o sobre el hombre?

Rindo homenaje a quienes sitúan a las personas en el corazón, por encima de lo político, lo económico, lo social o lo religioso. No porque racionalmente pueda parecer lo correcto; no porque resulte estético; y no porque eviten el naufragio general. Básica y resumidamente, porque dan calor. Porque abrazan; porque acompañan, segundo tras segundo, día tras día, muchas veces a pesar de todo. Todos conocemos a alguno de ellos, o a más de uno; están cerca de nosotros, con sus nombres propios. A mí, por fortuna, me rodean unos cuantos.

Quizá, quién sabe, sólo en esto consista la labor de quien escribe, en recordar siempre lo mismo con diferentes palabras: que somos hombres y necesitamos el calor de un abrazo.


May 10 2009

Ensayo sobre la amistad

Jose

Camino por Roma. Voy a adentrarme en Ciudad del Vaticano. En uno de sus muros limítrofes, una puerta, carente de todo ornato, protege uno de los deseos de Agnes Gonxha Bojaxhiu, más conocida como Madre Teresa de Calcuta: que las misioneras ejercieran su labor en el mismo corazón de la máxima sede pontificia. Flanqueando la jamba izquierda, una pequeña chapa metálica inscrita da fe de su existencia.

Rememoro al instante cuantos documentales y filmes han intentado mostrar la vida de aquella pequeña gran mujer; en todos ellos, quedaba expuesto el deseo de abrir esa casa. Ligada a esas cintas del celuloide, siempre ha surgido en mí una pregunta: por qué se obvia en ellas la relación de la religiosa con Diana Spencer o, si se quiere, con la también desaparecida princesa Diana de Gales. ¿Se trata acaso de un  hecho tan disonante que no merece tan siquiera citarse? Y, si lo fuera, ¿prescindir de él no resultaría un tanto artificial? ¿El contacto que mantuvieron ambas mujeres no alcanzó el peso humano suficiente como para detenernos en él? ¿Fue lady Diana un apéndice ocasional, incluso excusable, en la vida de Madre Teresa?

Fueron pocos los medios que destacaron la fortísima impresión que causó el fallecimiento de la princesa en la religiosa. Más escasos aún los que informaron del agravamiento repentino y severo de su salud, ya muy debilitada, tras conocer la noticia. Casi ninguno comunicó su intención de ofrecer una misa solemne por el alma de la accidentada Diana. Sin embargo, algunos sí mencionaron, con cierta frivolidad, la “coincidencia” en el tiempo de ambas muertes, a menos de siete días la una de la otra.

Me permitirá, estimado lector, ahondar un poco en la reflexión. Es poco conocida la visita que la Princesa de Gales, tres años después de conocer a Madre Teresa, realizara con sus dos hijos al refugio católico -ella no lo era- para los sin techo londinenses en vísperas de Navidad. La Hermana responsable del centro destacó de ella su capacidad de escucha; también, su preocupación por que su hijo, rey futuro, supiera del sufrimiento para ser justo. Ella, tan veleidosa, frecuentaba un pequeño templo católico en el que rezaba. Tan errática también, fue enterrada con el rosario que Madre Teresa le regaló.

El entonces hermetismo (más que comprensible) de ciertas facetas (pocas) de la intimidad de la religiosa no impidió que se conociera una perla de su evolución humana; ella así lo deseó. Madre Teresa pasó de defender el matrimonio hasta la muerte, más allá de cualquier cambio en el afecto de la vida conyugal (férrea doctrina católica), a comprender, merced a su relación con Diana -sin títulos-, que en ocasiones es sensata y necesaria la separación. Pura empatía; sencilla identificación afectiva. Este gran salto, conociendo los antecedentes de la religiosa, solamente es comprensible barruntando una relación profunda entre ambas.

No hablo de actos; hablo de esencias: ¿realmente eran tan diferentes? Diana Spencer se sentía ignorada; perdida. Agnes Gonxha -sin títulos también- zozobraba por su larga y profunda noche obscura. A ambas no les bastaba las razones, fueran de Estado o de Religión. Se ahogaban. Y buscaban el amor, sentirse acogidas (¡y quién no!), de maneras ciertamente diferentes. ¿O no?

La amistad dista mucho de ser una relación entre iguales, aunque se trate, como diría el eximio Pitágoras, de una igualdad armoniosa. No trata de dar o hallar razones, sino de compartir corazones, constituyéndose, en sí misma, un hogar y un alimento. William Blake lo expuso de manera hermosa y brillante: “El pájaro, un nido; la araña, una tela; el hombre, la amistad”. Por esto mismo, su existencia parece tan infrecuente y su pérdida, tan dolorosa. En este ámbito emocional, no resulta nada forzado el pensar que la muerte inesperada y violenta de un joven ser querido pueda desequilibrar un organismo, por muy sano que esté. Confieso que éste no es el único caso al respecto que he conocido.

Continúo caminando por Roma. Veo religiosos; y veo boatos. A veces confluyen ambos entre sí. Deseo que lo hagan con el corazón palpitante, doliente o no, de por medio. Recuerdo a Agnes; recuerdo a Diana. Recuerdo una más que probable hermosa, sencilla e ignorada historia de amistad.

© Abad Revilla.

Apr 7 2009

Mendigo de amor

Jose

Soy un pobre niño que tiene miedo;

un mendigo de amor;

un refugiado.

No tengo patria ni religión.

Mi hogar es el corazón

de aquellos que me amaron.

©La lámpara desnuda, de Abad Revilla.