Jun 7 2009

Persona, que no número.

Jose

Tiempo de alergias. La disnea me invita a incorporarme, como último recurso,  frente a la televisión, con la vaga esperanza de encontrar un programa de al menos cierta calidad que me evada. Un filme ofrece buenas expectativas en cuanto a humanidad se refiere. Behind enemy files (Tras la línea enemiga) muestra la historia real de un almirante de la armada que se ve obligado a elegir entre salvar a uno de sus aviadores, contraviniendo órdenes gubernamentales, o acatar las mismas, salvando con ello también su carrera militar. ¿Una vida o mi profesión? ¿Un hombre o la política?

Recuerdo el magnífico drama Missing (Desaparecido), con un excelente  Jack Lemmon -muy lejos de su registro habitual- en la figura de un padre desesperado por hallar a su hijo único, de paradero desconocido  en Chile, una vez habido el golpe militar. En un momento dado de la cinta, la máxima que le dirige un diplomático estadounidense, impasible ante la tragedia, escalofría: hay que mantener el nivel de vida del pueblo norteamericano y, para ello, se necesitan sacrificios.

España obtiene más de novecientos millones de euros por medio de un particular comercio, el del armamento. Dinero que sufraga, por ejemplo, la mitad de la política educativa del ministerio del ramo. A todos nos complace que niños y adolescentes, españoles o no, puedan beneficiarse de una educación gratuita hasta casi su mayoría de edad. ¿A qué precio? ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a nuestro nivel de  vida? ¿O diríamos, como uno de mis alumnos políticamente más activos y sensibles, “que se jodan” (sic)?

Qué cosa tan terrible puede llegar a ser la política; y qué grande puede devenir nuestro silencio. Si hay algo detestable en la primera, últimamente cuanto menos, es su inconfesable y arrolladora tendencia a excluir a la persona, desconsiderándola como sujeto digno y capaz, mediante dos principales maneras:  anulando su existencia (lo haga un ministro o un obispo) al convertirla en un mero y frío dato, carente de toda emoción, o, ay, usurpando en ocasiones su derecho a decidir, quiere decirse, robando su libertad. Bonaparte argüía que “bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los gobiernos para adormecer a sus gobernados “.  Ante lo cual, Luther King sentenció que “nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos como del estremecedor silencio de los bondadosos”.  ¿Continuamos callando?

Sir Winston Churchill sufrió la exclusión al constituirse como una de las escasas voces que se oponían, férreamente, a la política de apaciguamiento que los gobiernos británicos, de distinta tendencia, seguían frente a (o bajo, por su omisión) la Alemania nazi. Esa política iba permitiendo continuas violaciones de Hitler a los distintos tratados internacionales, sin que se atendieran los derechos individuales de miles de personas ni los colectivos de algunos países europeos. Él no calló; intuyó que, tarde o temprano, el mal que pululaba tan lejos a unos pocos llegaría a aproximarse para afectar además a muchos.

Desconfío de la disyuntiva  entre el bien individual y el bien general. El segundo, cuando excluye al primero, suele venir empañado por fundamentalismos o pragmatismos terribles; Caifás, por ejemplo, optó por la muerte del Mesías judío con la famosa frase “conviene que un hombre muera por el pueblo”. Pretendía con ello salvar el lugar santo del Templo, en teoría centro de la fe y del pueblo de Israel; algo que tampoco consiguió. Cuando percibo que el bien individual pretende imponerse, recuerdo a Montesquieu: “si yo supiese algo que me fuese útil y que fuese perjudicial a mi familia, lo expulsaría del espíritu. Si yo supiese algo útil para mi familia y que no lo fuese para mi patria, intentaría olvidarlo. Si yo supiese algo útil para mi patria y que fuese perjudicial para Europa, o bien útil para Europa y perjudicial para el género humano, lo consideraría como un crimen, porque soy necesariamente hombre mientas que no soy francés [o lo que fuere] más que por casualidad”. Cuando se empieza pisando a un hombre, se acaba banalizando los derechos de todos, incluso la vida; en el punto medio del trayecto, se atraviesa el desierto adormecedor del “qué más da”, para morar, de cuando en vez, en arrebatos pasionales epidérmicos (personales, sociales o políticos), pero carentes de calor o pálpito vital perdurable.

Por ello, desconfío también del silencio, amén de los silenciosos. Un silencio que permite, hoy por ejemplo, que en la rica Guinea Ecuatorial clame la extrema pobreza del ciudadano de a pie; o que en China se ejerza la tiranía más despiadada ante el individuo; o que hubiera posturas tan enfrentadas ante un tirano tan conocido y reconocido como el Hussein iraquí. Intereses políticos; mejor dicho, casi siempre comerciales.

Obviar a la persona. Elegir por ella; incluso por encima de ella, contra ella. Un aniquilamiento silencioso ejemplifica magníficamente esta supresión de la dignidad de la persona y, con ella, de la libertad: el aborto. En la actualidad, cualquier estudio científico riguroso, despojado por tanto de ideología o de política, da fe de la naturaleza que de ser humano único tiene el cigoto (posterior embrión, posterior feto, posterior nacido). Pero aún hoy, la mujer continúa sin ser informada, tanto de esta realidad como de las posibles consecuencias para ella de ese acto, amén de lo que ocurre en su vientre mientras se realiza aquél. Imágenes hay; pruebas empíricas también. Sin completa información, no hay libertad de elección. ¿Por qué se le priva a la mujer, pues, de su derecho a conocer? Aún más, ¿por qué no se muestran abiertamente, en los diferentes medios de información, esos estudios, esas grabaciones?

La ideología mata la individualidad. Cuando me adscribo a ella, pierdo mi identidad; cuando me observan desde ella, suelo convertirme en objeto (no en sujeto) o en número (cantidad). Me atrevo a reclamar el respeto a mi libertad, en la que van a ir inmersos mis errores, los cuales forjarán también mi camino personal y único, como yo mismo. Deseo, en definitiva, ser artífice de mi propia existencia, vivir, mucho más que existir. Reclamo, pues, que se me considere hombre, no número; pensante, no ideólogo; emotivo, no insensible. Porque, como afirma Erich Fromm, “la vida del hombre no puede ser vivida repitiendo los patrones de su especie; es él mismo -cada uno- quien debe vivir. El hombre es el único animal que puede ser fastidiado, que puede ser disgustado, que puede sentirse expulsado del paraíso”.

Termina el lapso publicitario; vuelvo a la película. El almirante, que conoce al aviador, ve en él a un hombre; no una orden, no una norma. También se ha sentido, por un momento, como él, manipulado y solo. Se debate entre la comodidad o la vida. Pronto decidirá.

 © Abad Revilla.

Apr 12 2009

Sobre gatos y creencias

Jose

Veo con interés uno de los reportajes que, en estos días de Semana Santa, se emite por Antena 3 Televisión, cadena española de ámbito nacional. En él, se detallan los descubrimientos recientes de varias tumbas en las cercanías del antiguo Jerusalén. En una de éstas, reposaban los restos de una familia carnal: de Jesús, hijo de José, de María, de Santiago, de Mateo, de María Magdalena, de Judas, hijo de Jesús, etc. El resultado estadístico del estudio (basado en los hallazgos, en las Escrituras, en otros libros históricos) confirmaría, con un 99′997 % de seguridad (más que suficiente para la Ciencia) que estamos hablando de la familia de Jesús de Nazaret.

La pregunta me surge de manera inmediata: ¿deberían sentirse amenazadas las Iglesias cristianas ante estos datos, más allá de resultar ciertos?

Recuerdo una leyenda budista (1): el abad de un monasterio permite a un gato permanecer en la estancia durante el rezo comunitario. El abad parece contento de su compañía, por lo que el hecho se repite una y otra vez mientras viven ambos. El nuevo abad, sucesor del anterior, una vez ostenta el nuevo cargo, acoge al gato en señal de afecto y de sencillo homenaje a su protector y maestro, por lo que el lindo minino continúa presente durante la oración grupal. Pasado cierto tiempo, sesudos teólogos escriben tratados y más tratados sobre la importancia de los gatos durante los ritos sagrados, de manera que las celebraciones parecen menos sagradas sin su presencia.

Nuestras Iglesias, durante siglos y siglos, con toda su mejor intención, se han llenado de dogmas, de costumbres (mores en latín; de ahí la palabra moral), no sólo en los ritos, sino también en la vida ordinaria. Gatos que empañan la esencia de los actos. Y la esencia de Dios. Esa esencia, bellísima, se ha ido diluyendo como un azucarillo en el torbellino de las formas y de las interpretaciones.

Esa esencia no es más que amor. Amor a uno mismo; al otro; y a Dios. Con un apéndice importantísimo: que, para Dios, el otro somos nosotros (tú, estimado lector). Y que ama con independencia de lo que hagamos. No se va de paseo, dejándonos solos; ni nos abronca, esperando con un pesado bate de béisbol en la mano para lanzárnoslo a la cabeza en cuanto tiene oportunidad. Amor incondicional; continuo acompañamiento.

Pero no acabamos de creerlo porque, desde niños, nos han llenado la cabeza de normas y de castigos.

Los gatos no son importantes. Tuve una tía que se preguntaba por qué había sido tan necesario llevar el velo en los templos y por qué, más tarde, lo fue el no llevarlo tras un Concilio. Es un ejemplo trivial, admitámoslo. Pero no lo son otros errores históricos, que han hecho sufrir demasiado, ni las escisiones entre los propios cristianos. Un botón de muestra: en el antiguo Credo, se mencionaba que “el Espíritu Santo procede del Padre”; en el Concilio de Nicea se añadió “y del Hijo”, lo que supuso la primera gran tirantez entre cristianos de Oriente y Occidente. Mas ¿alguien puede asegurar algo sobre el Espíritu?; o mejor, ¿le va en ello la existencia?

Gatos y más gatos. Al cursar mis escasísimos estudios al respecto, mi  maestro, fraile piadoso por otra parte, definió la Teología Fundamental como “ciencia que intenta explicar lo inexplicable”; a lo que él mismo apostilló: “si es inexplicable, ¿por qué nos atrevemos a explicarlo?” Los monjes budistas creen que la actitud más respetuosa ante Dios es no hablar de él, ya que no puede conocerse. Los cristianos hemos tenido la fortuna de verlo y tocarlo, pero caímos en el error de interpretarlo. Todo es mucho más sencillo: dejarse amar.

Surge el miedo: “¿Amar? ¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?” Respuesta: ”amar sólo”. Y réplica: “pero ¿cómo?” Recuerdo a mis alumnos. Me gusta dotarles, en mis pequeñas posibilidades, de libertad, por lo que suelo indicarles, a la hora de ordenarles hacer algún trabajo, sólo el tema. Inmediatamente me asedian con preguntas: “¿cuántas páginas?, ¿con dibujos?, ¿como yo quiera?” Surge el miedo. No acaban de creerse que sólo hay que trabajar. No acabamos de creernos que sólo hay que amar.

Ésa es la única seguridad; ésa es la única libertad. Esas normas y esos dogmas, esos gatos en definitiva, pueden darnos, quizá, una falsa sensación de seguridad, sí. Pero ¿a qué precio?

© Abad Revilla.
(1) Versión de El gato del ashram, de B. Shree Rajneesh.