Jan 4 2010

Romance del camino

Jose

(Itinerario 2010)

No me pidáis perfección,

porque me siento finito.

 

Ni esperéis de mí firmeza,

que estoy iniciando el camino.

 

Ni aún me pidáis certezas,

salvo la del buen amigo.

 

¿Creéis seguros mis logros?

Sería gran desatino.

 

No me veréis fortaleza:

suelo caer como un niño.

 

Ni habrá siempre amable calma,

si aflora el león herido.

 

Pedidme, si queréis, tiempo;

presto acudiré al oírlo.

 

O también luengos abrazos

para poder yo sentirlos.

 

Y pedid que arroje el oro;

oro hallaré al recibiros.

 

Que en humo se torna todo,

todo devendrá en vacío,

 

si acompañaros no pude;

si me perdí en el gentío.

 

©Abad Revilla

Apr 19 2009

Error y esperanza

Jose

Según va saltando el dial en el aparato radiofónico del automóvil, contemplo con pura delectación los parajes amables y frescos del bierzo leonés. Es primavera; a tenor de la naturaleza, el ánimo parece mudable (ora lluvioso, ora radiante), pero con la serenidad que fluye desde la certeza de sentirse acogido, amado. Vuelvo a admirarlos; son hermosos.

Escucho el siguiente suceso. Tras detener un automóvil por exceso de velocidad, agentes de la Policía Nacional comprueban que ninguno de sus tres ocupantes -el matrimonio, delante; una hija, detrás- tiene abrochado el cinturón de seguridad. La mujer lleva recogido en sus brazos al perro. Se oyen ruidos en el maletero trasero. Ordenan su apertura. Entre numerosas botellas cerveza, encuentran a dos niños pequeños. Sorpresa.  Incredulidad.

Procuro poner orden racional en medio del marasmo que la noticia me ha producido. Y me pregunto: ¿qué conduce a dos adultos a transportar a sus hijos en el maletero del vehículo, asemejándolos así a mercancía?; ¿vale más la vida de un animal, por muy estimado que fuere, que la de una persona?; ¿qué aprecio por sí mismo tiene un hombre que conduce, sin la protección necesaria, a alta velocidad?

Traigo a estas líneas una anécdota cuasipersonal. Entre las numerosas virtudes que tiene mi hermano, figura la de encargarse de encontrar y adquirir las viandas de la familia (tarea harto enojosa en ocasiones). Como buen biólogo, recibe algunos ataques dialécticos ante el presunto y gratuito maltrato que los animales, en las investigaciones científicas, sufren. Entre ellos, los de una amable panadera, quien, por aquel entonces, le recriminaba a diario que no tuviera corazón. Pobres animales; horrendo crimen. Tras años de escuchar la consabida perorata, la buena mujer sintió el gozo enorme de ver nacer a su sobrina; y el desgarrador infortunio de que a ésta le fuera diagnosticada una enfermedad neuronal degenerativa. Este triste acontecimiento coincidió con el descubrimiento de un posible y esperanzador tratamiento de la enfermedad; eso sí, para realizar el estudio se necesitaba sacrificar un gran número de ovejas. La buena panadera, una vez hecho público el hallazgo, impelía a mi hermano a matar cuantas fueran necesarias para descubrir el remedio sanador de la niña.

Tengo la desagradable impresión, cada día más, de que se frivoliza la importancia y la dignidad de mí mismo; de usted mismo, estimado lector. De la persona, en definitiva.

Recorro con mi mente la existencia de algunos maestros que, desde la antigüedad, elevaron, o al menos lo intentaron, la condición del hombre. Menciono, tan sólo, a tres: Amenofis IV (también conocido como Akhenatón, s. XIV a.C.) anticipó la igualdad de las personas como consecuencia de la bondad de un Dios que amaba a todos por igual, rompiendo así con la tradición egipcia; Buda (s. VI a.C.) procuró liberarse buscando las fuentes de la sabiduría con la meditación, quebrantando la hegemonía de las normas; Jesús de Nazaret, quien trajo la seguridad del Dios que siempre abraza y acompaña, rescatando la grandeza del hombre por encima de cualquier condición o circunstancia, por encima de cualquier interés. Hay, afortunadamente, muchos más.

Pero seguimos metiendo a nuestros hijos en maleteros , estén éstos en automóviles o en fábricas hacinadas de Oriente. ¿No nos estamos matando a nosotros mismos? ¿No estamos escupiendo sobre nuestra propia especie? ¿Me gustaría a mí estar metido en ese habitáculo? ¿Qué nos sucede?

Quizá estos padres no han hecho más que repetir los patrones que ellos mismos han sufrido. Tal vez han aprendido, o les han hecho aprender, que ellos mismos no son importantes, lo más importante.

Y me pregunto con qué ojos, tras vivir esa y, supongo, similares experiencias, en la que un perro es más valioso que ellos, con qué mirada esos niños contemplarán el mundo. Ortega y Gasset afirmaba, con cierta pavorosa rigidez, que “no se ve con los ojos, sino a través de ellos”, quiere decir, a través de nuestras propias experiencias; Ramón y Cajal nos llenó de esperanza: “el hombre puede ser, si se lo propone, arquitecto de su propio cerebro”, esto es, se puede desaprender que no soy digno y aprender lo contrario. Que alguien se lo comunique, por favor.

Sigo contemplando el bierzo leonés; permito que me inunde su belleza. Y deseo que, algún día, esos niños también lo hagan.

© Abad Revilla.

Apr 7 2009

Mendigo de amor

Jose

Soy un pobre niño que tiene miedo;

un mendigo de amor;

un refugiado.

No tengo patria ni religión.

Mi hogar es el corazón

de aquellos que me amaron.

©La lámpara desnuda, de Abad Revilla.