Según va saltando el dial en el aparato radiofónico del automóvil, contemplo con pura delectación los parajes amables y frescos del bierzo leonés. Es primavera; a tenor de la naturaleza, el ánimo parece mudable (ora lluvioso, ora radiante), pero con la serenidad que fluye desde la certeza de sentirse acogido, amado. Vuelvo a admirarlos; son hermosos.
Escucho el siguiente suceso. Tras detener un automóvil por exceso de velocidad, agentes de la Policía Nacional comprueban que ninguno de sus tres ocupantes -el matrimonio, delante; una hija, detrás- tiene abrochado el cinturón de seguridad. La mujer lleva recogido en sus brazos al perro. Se oyen ruidos en el maletero trasero. Ordenan su apertura. Entre numerosas botellas cerveza, encuentran a dos niños pequeños. Sorpresa. Incredulidad.
Procuro poner orden racional en medio del marasmo que la noticia me ha producido. Y me pregunto: ¿qué conduce a dos adultos a transportar a sus hijos en el maletero del vehículo, asemejándolos así a mercancía?; ¿vale más la vida de un animal, por muy estimado que fuere, que la de una persona?; ¿qué aprecio por sí mismo tiene un hombre que conduce, sin la protección necesaria, a alta velocidad?
Traigo a estas líneas una anécdota cuasipersonal. Entre las numerosas virtudes que tiene mi hermano, figura la de encargarse de encontrar y adquirir las viandas de la familia (tarea harto enojosa en ocasiones). Como buen biólogo, recibe algunos ataques dialécticos ante el presunto y gratuito maltrato que los animales, en las investigaciones científicas, sufren. Entre ellos, los de una amable panadera, quien, por aquel entonces, le recriminaba a diario que no tuviera corazón. Pobres animales; horrendo crimen. Tras años de escuchar la consabida perorata, la buena mujer sintió el gozo enorme de ver nacer a su sobrina; y el desgarrador infortunio de que a ésta le fuera diagnosticada una enfermedad neuronal degenerativa. Este triste acontecimiento coincidió con el descubrimiento de un posible y esperanzador tratamiento de la enfermedad; eso sí, para realizar el estudio se necesitaba sacrificar un gran número de ovejas. La buena panadera, una vez hecho público el hallazgo, impelía a mi hermano a matar cuantas fueran necesarias para descubrir el remedio sanador de la niña.
Tengo la desagradable impresión, cada día más, de que se frivoliza la importancia y la dignidad de mí mismo; de usted mismo, estimado lector. De la persona, en definitiva.
Recorro con mi mente la existencia de algunos maestros que, desde la antigüedad, elevaron, o al menos lo intentaron, la condición del hombre. Menciono, tan sólo, a tres: Amenofis IV (también conocido como Akhenatón, s. XIV a.C.) anticipó la igualdad de las personas como consecuencia de la bondad de un Dios que amaba a todos por igual, rompiendo así con la tradición egipcia; Buda (s. VI a.C.) procuró liberarse buscando las fuentes de la sabiduría con la meditación, quebrantando la hegemonía de las normas; Jesús de Nazaret, quien trajo la seguridad del Dios que siempre abraza y acompaña, rescatando la grandeza del hombre por encima de cualquier condición o circunstancia, por encima de cualquier interés. Hay, afortunadamente, muchos más.
Pero seguimos metiendo a nuestros hijos en maleteros , estén éstos en automóviles o en fábricas hacinadas de Oriente. ¿No nos estamos matando a nosotros mismos? ¿No estamos escupiendo sobre nuestra propia especie? ¿Me gustaría a mí estar metido en ese habitáculo? ¿Qué nos sucede?
Quizá estos padres no han hecho más que repetir los patrones que ellos mismos han sufrido. Tal vez han aprendido, o les han hecho aprender, que ellos mismos no son importantes, lo más importante.
Y me pregunto con qué ojos, tras vivir esa y, supongo, similares experiencias, en la que un perro es más valioso que ellos, con qué mirada esos niños contemplarán el mundo. Ortega y Gasset afirmaba, con cierta pavorosa rigidez, que “no se ve con los ojos, sino a través de ellos”, quiere decir, a través de nuestras propias experiencias; Ramón y Cajal nos llenó de esperanza: “el hombre puede ser, si se lo propone, arquitecto de su propio cerebro”, esto es, se puede desaprender que no soy digno y aprender lo contrario. Que alguien se lo comunique, por favor.
Sigo contemplando el bierzo leonés; permito que me inunde su belleza. Y deseo que, algún día, esos niños también lo hagan.
© Abad Revilla.